En plena pandemia por el Covid – 19, Lorenzo Fernández comenzó el reto más grande de su trayectoria profesional: ser el director general del Instituto Panamericano de Alta Dirección de Empresa (IPADE). Después de 14 años al frente del capítulo Monterrey, el ingeniero industrial y máster en dirección de empresa recibió la encomienda de guiar a la prestigiada institución en una coyuntura más que adversa.
Huelga decir que la elección no pudo ser mejor, pues Lorenzo, con el tacto y la perspicacia que le caracterizan, comprendió las necesidades e hizo de la crisis una oportunidad.
“Había que hacer que el IPADE sobreviviera a un panorama que se veía catastrófico. Por nuestra metodología (método de estudios de caso basados en la interacción de los estudiantes), el 70% de los participantes rechazó continuar en modo online, optando por esperar el regreso presencial”, explica.
Hasta marzo de 2020, el IPADE sólo hacía impartido dos sesiones virtuales en toda su historia (53 años entonces), lo que derivaba en que sus profesores no estaban capacitados para transitar hacia lo digital, la exigencia que la pandemia trajo para los centros educativos.
“Implementamos programas para que aprendieran a dirigirse a la cámara, realizar encuestas y lograr hacer interesante la sesión… lo logramos en dos meses. Esa crisis se convirtió en oportunidad, contando hoy con toda la infraestructura para sesiones en línea y programas híbridos”.
Luego de esta transición, liderada por Lorenzo, el IPADE mantiene su apuesta por el método del caso, la discusión colegiada y la experiencia presencial porque, argumenta, “ahí se desarrolla el pensamiento crítico”, pero también supo aliarse con la tecnología, incorporando herramientas digitales y simuladores que enriquecen la toma de decisiones.
La persona en el centro
Lo natural es creer que el pragmatismo es la base de cualquier programa educativo empresarial, pero lo cierto es que, bajo le guía tranquila de Fernández, el IPADE mantiene su apuesta por poner lo humano, a la persona, en el centro de la conversación académica.
“Los resultados vienen a través de las personas, no a costa de ellas. Hay que conversar con los directores, entender las preocupaciones del claustro y estar cerca de los colaboradores. Formar mejores directivos implica, necesariamente, ayudarlos a ser mejores personas”, argumenta.
Para alcanzar ese páramo idóneo, el proceso se catapulta desde la adopción de criterios normativos para quienes participan en los programas del IPADE; uno de ellos, explica el director general, es la prudencia.
“Entendida como la capacidad de decidir qué se debe hacer aquí y ahora, en circunstancias concretas, es insustituible. Ningún algoritmo sustituye la lectura moral de las situaciones ni la comprensión de la dignidad humana. La tecnología ayuda a decidir qué se puede hacer, pero el criterio directivo define qué se debe hacer”.
Para Lorenzo lo dicho resulta básico, pues hay dos características innegociables para los participantes de los programas: apertura de mente y firmeza de criterio.
“La apertura requiere humildad para escuchar a todos y reconocer que no se sabe todo. La firmeza de criterio es la capacidad de tomar una decisión propia después de haber escuchado y enriquecido el punto de vista con los demás”, explica.
Visión y compromiso
Ya en sus primeros años como parte del IPADE, Fernández supo que su trabajo era también un servicio para una comunidad ávida de guías claras y claridad en los conceptos.
Hoy, casi veinte años después, que la visión para profesionalizar una organización se vuelve ancha y ambiciosa en sus alcances, Lorenzo insiste en explicar a los empresarios “que la intuición es un gran motor inicial, pero la estructura es lo que permite sostener ese impulso en el tiempo”.
“Profesionalizar no significa burocratizar, sino lograr que el talento del fundador de la empresa genere una organización sostenible… cuando entienden que los procesos y órganos de gobierno no limitan su libertad, sino que la potencian, cambian su modo de dirigir”, explica.
El director comparte algo crucial: lo fundamental que resulta que los empresarios comprendan su rol, que va mucho más allá de mantener una organización o hacerla crecer.
“La rentabilidad y la creación de valor económico son indispensables para que una empresa sea sostenible, pero el papel del empresario no se agota ahí; la empresa genera empleo, impulsa el crecimiento y contribuye al desarrollo del país... en el México actual esta responsabilidad es más evidente que nunca. Necesitamos directivos conscientes de este doble rol: construir empresas rentables y contribuir activamente al bien común”.
Lorenzo lo tiene claro: la aspiración principal es que quien pase por los espacios del IPADE “sea un agente de cambio; por ello ayudamos a quienes toman las decisiones a hacerlo mejor; no se trata de decidir con rapidez, sino de hacerlo bien”.
Entre logros y satisfacciones
Del ingeniero industrial que apostaba todo por el lado técnico poco queda; hoy, Lorenzo recuerda cómo su descubrimiento por la relevancia de las personas en los procesos acuñó su convencimiento de que el líder ayuda al desarrollo del potencial de sus equipos.
“Con el tiempo fui entendiendo el trabajo como un servicio y como un camino de crecimiento personal (…) también aprendí a pensar en generaciones, no sólo en resultados inmediatos”.
Hoy, ya como director general del IPADE, Lorenzo mantiene un estilo cercano y directo, orientado a la acción, pero con ese trasfondo humano que aprendió en sus 14 años en Monterrey, donde su familia permanece.
“Me gustaría mi etapa en la dirección fuera recordada como una de crecimiento, de cómo el IPADE se fortaleció como comunidad, pero también que se recuerde que fuimos fieles a nuestro legado de poner a la empresa al servicio de la persona”.
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