El civismo es mucho más que un curso escolar o un conjunto de reglas de urbanidad: es la base viva que sostiene la democracia de un estado o un país.
En su sentido más profundo, el civismo significa reconocer que somos parte de una comunidad política y que nuestras acciones (por pequeñas que parezcan) repercuten en el destino colectivo.
En una democracia, el civismo se convierte en la brújula que guía el respeto a la ley, la participación ciudadana y la convivencia pacífica. No se trata sólo de cumplir normas, sino de asumir la responsabilidad de ser ciudadanos activos que entienden que la libertad va siempre acompañada del deber. Cuando los ciudadanos ejercen civismo, no solo exigen sus derechos, sino que también respetan los derechos de los demás, fortaleciendo el tejido social.
Desde una perspectiva política, el civismo es el antídoto contra la apatía y la indiferencia. Los sistemas democráticos no se sostienen por la fuerza de un gobierno, sino por la conciencia y participación de sus ciudadanos.
El voto, la rendición de cuentas, el respeto al resultado de las instituciones, la tolerancia hacia la diversidad de opiniones y la vigilancia ciudadana son actos profundamente cívicos que garantizan la estabilidad política y la legitimidad de las decisiones públicas.
Un país con ciudadanos cívicos es un país donde la democracia florece con solidez: donde los conflictos se resuelven con diálogo, donde las diferencias no dividen sino enriquecen, y donde las instituciones se fortalecen porque la sociedad las respalda con confianza. Por el contrario, la falta de civismo abre la puerta al autoritarismo, a la corrupción y al debilitamiento de la cohesión social.
Por eso, fomentar el civismo no es un lujo ni una simple formalidad: es una estrategia política de primer orden. Educar en civismo es sembrar futuro democrático. Es formar ciudadanos libres, conscientes y responsables, capaces de defender sus derechos y de cumplir con sus deberes, entendiendo que el bien común es la condición de la libertad individual.
En suma: el civismo es la energía invisible que mantiene de pie a la democracia. Sin civismo, la democracia se erosiona; con civismo, se fortalece y se convierte en el mejor instrumento para construir un estado justo, próspero y en paz.
Entonces pues, escuelas, iglesia, familia, sociedad, inclusive medios de comunicación, nuestro compromiso es educar e inculcar esta herramienta académica-plural-democrática del civismo, pues no recae únicamente en unos pocos; es un esfuerzo colectivo que requiere la participación activa de todos.
FRASE:
“Fomentar el civismo no es un lujo ni una simple formalidad: es una estrategia política de primer orden. Educar en civismo es sembrar futuro democrático”
