La psicología del dinero

Ahorrar implica postergar placer y confiar en el futuro, algo difícil en un país marcado por crisis, fraudes y desconfianza

Escrito en OPINIÓN el

Hablar de dinero en México sigue siendo casi un tabú. Entre culpas, miedos y creencias heredadas, nuestra relación con él se construye más desde la emoción que desde la razón. 

Comprenderlo es clave para romper el ciclo del gasto impulsivo y la desconfianza que nos impide crecer.
En México, hablar de dinero, incluso en plena era digital, es algo que se evita en casa, entre amigos y hasta en la escuela. Sin embargo, el dinero guía buena parte de nuestras decisiones diarias. 

Más de la mitad de los mexicanos no ahorra para su retiro; muchos trabajan toda su vida sin comprender cómo funciona su Afore ni desarrollan una relación consciente con sus recursos.

El problema no es sólo económico, sino emocional. Como explica Morgan Housel en La Psicología del Dinero, nuestras decisiones financieras se basan más en emociones e historias familiares que en la lógica. 

En México crecimos escuchando “el dinero se va rápido” o “mejor disfrutar ahora”. Esos mensajes moldean la conducta: gasto impulsivo, falta de planeación y resistencia a invertir.

A ello se suma el sesgo de inmediatez: preferimos gratificaciones presentes antes que beneficios futuros. “Para eso trabajo”, solemos decir, justificando el consumo inmediato. 

Ahorrar implica postergar placer y confiar en el futuro, algo difícil en un país marcado por crisis, fraudes y desconfianza hacia las instituciones.

La educación financiera ha enseñado números, pero no emociones. Saber cómo funciona una cuenta no basta si el dinero evoca miedo, culpa o desconfianza. Asociarlo con escasez nos lleva a gastarlo; vincularlo con miedo y no invertirlo.

En México, más del 50% de la población trabaja en la informalidad, lo que activa un modo de supervivencia: resolver el presente antes que planear el futuro. El estrés y la ansiedad reducen la capacidad de tomar decisiones racionales. En tal contexto, ahorrar se vuelve un lujo.

El dinero también carga con mitos culturales: es pecado tenerlo o símbolo de estatus. Ambos extremos distorsionan su sentido real: una herramienta de libertad, no de moralidad.

La perspectiva de género añade otra capa. Las mujeres ganan menos, asumen más responsabilidades domésticas y suelen priorizar a otros sobre sí mismas. Urge revertirlo uniendo bienestar emocional y solvencia económica.

Superar el miedo a invertir exige educación emocional. La aversión a la pérdida —ese dolor por perder más fuerte que la alegría de ganar— paraliza a muchos. Pero sin confianza, no hay inversión posible.

México necesita una nueva narrativa del dinero: dejar atrás la culpa y la desconfianza para entender que ahorrar e invertir no es avaricia, sino amor propio. Cambiar la relación con el dinero es un acto de conciencia: mirar las emociones que lo rodean, sanar creencias heredadas y asumir que la estabilidad empieza en la mente.