Veintisiete años de dictadura militar comandada por civiles; 18 mil detenciones políticas de las cuales hoy se mantienen 900 presos; 8 millones de ciudadanos autoexiliados; 400 muertos por motivos ideológicos y 15 millones que viven en pobreza general. Esta es la numeralia de la tragedia venezolana.
Números que significan tragedias humanas exponenciales: la destrucción de familias completas; padres, hijos y nietos separados, exiliados o muertos. Ninguna de estas realidades encuentra justificación política, mucho menos legitimidad. Un país lleno de historias tristes y desgarradoras en las que el hambre, el miedo y la separación han sido protagonistas por más de una generación que vio cómo se destruía Venezuela ante los ojos de un mundo que poco o nada pudo hacer por salvarlos de la desgracia.
No pretendo entrar en el debate o la discusión del método que permitió capturar a Nicolás Maduro y a su esposa; de eso se ha escrito mucho en estos días y se escribirá aún más en los que vendrán. Críticos y simpatizantes de lo sucedido agotarán su tinta para reprochar o defender lo que todos, con sorpresa, vivimos el pasado 3 de enero. La mayoría de ellos lo harán desde la perspectiva alejada del dolor de quienes han padecido en carne propia esa tragedia, distinción que no resta valor a su juicio, pero sí autoridad moral.
Resulta fácil hablar de la defensa de la soberanía, y más cuando se trata de la ajena; esa que sirvió de escudo protector para el opresor. Jamás podrán debatir con la misma propiedad sobre una herida que no han sentido.
Así, desde esta óptica, cuando han transcurrido varios días desde que la historia de Venezuela comenzó a cambiar con la operación “Resolución Absoluta” —ejecutada con impecable precisión por el gobierno de Estados Unidos—, sigo celebrando, como millones de nuestros hermanos venezolanos, la oportunidad de que su país vuelva a tener la posibilidad de ser libre; que dejen sus casas en cualquier parte del mundo donde se hayan refugiado y vuelvan a sus hogares.
Que millones de familias separadas se vuelvan a unir; que padres e hijos se vuelvan a abrazar; que sus calles y barrios vuelvan a ser sus lugares preferidos; que su bandera vuelva a servirles de cobija en tierra propia y no en la ajena.
Es un momento histórico para Venezuela y para el mundo. Después de tantos años —y para algunos, una eternidad— celebremos con ellos la buena noticia de que Maduro ha caído y, con él, quizá todo su régimen. Dejemos que los venezolanos festejen, lo merecen.
Ya vendrá el tiempo en que las emociones se estabilicen y ellos mismos comiencen a dar los siguientes pasos de un camino que se antoja muy largo, cualquiera que sea su destino, será mejor.
Que disfruten de la esperanza que les había robado el miedo y su soberanía no la secuestren otros poderosos como pretenden.
Frase:
“Resulta fácil hablar de la defensa de la soberanía, y más cuando se trata de la ajena; esa que sirvió de escudo protector para el opresor. Jamás podrán debatir con la misma propiedad sobre una herida que no han sentido”.
