Un pastor cercano en tiempos de desafío

Reconocemos en el arzobispo de Monterrey a un pastor que camina con su gente, que no se encierra en el discurso, sino que actúa, dialoga y sirve.

Escrito en OPINIÓN el

La labor pastoral de monseñor Rodolfo Cabrera López, arzobispo de Monterrey ha sido un faro de cercanía, diálogo y esperanza para nuestro pueblo, en un tiempo marcado por la incertidumbre, la polarización y profundas necesidades sociales.

Se ha distinguido no sólo por la firmeza de sus convicciones, sino por una presencia constante y auténtica junto a la comunidad, escuchando, acompañando y construyendo puentes allí donde más se necesitan.

Su visión pastoral ha puesto en el centro, la construcción de la paz y el fortalecimiento del tejido comunitario, entendiendo que estas no son tareas aisladas, sino un proyecto común que exige colaboración entre la Iglesia, las autoridades y la sociedad.

Desde esta perspectiva, ha impulsado una cultura del encuentro que reconoce la dignidad de cada persona y promueve la corresponsabilidad como camino para superar los desafíos de todos.

Destaca de manera especial su compromiso con el cuidado de los más vulnerables. En cada llamado, el arzobispo ha insistido en no dejar atrás a quienes más sufren, reconociendo de manera constante la entrega de las familias, y poniendo una atención particular en el papel insustituible de las madres, verdadero corazón de nuestros hogares y comunidades.

Recordamos con claridad las gestiones realizadas ante el presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador, durante la crisis del agua que afectó gravemente a Nuevo León.

Su intervención, guiada por el bien común, buscó soluciones concretas y urgentes, incluyendo la revisión de las concesiones de agua otorgadas a empresas y particulares, así como el uso responsable y justo de los pozos, siempre con la prioridad puesta en el derecho humano al agua para todas y todos.

Este liderazgo pastoral, marcado por un profundo espíritu paternal, ha brindado consuelo en los momentos difíciles y ha acompañado con firmeza y ternura a nuestro pueblo.

Reconocemos en el arzobispo de Monterrey a un pastor que camina con su gente, que no se encierra en el discurso, sino que actúa, dialoga y sirve, recordándonos que la fe, cuando es auténtica, se traduce en compromiso, justicia y esperanza compartida.

Porque la fe camina de la mano de las obras; una fe sin obras es una fe muerta. Gracias, Don Rogelio.