Este espacio que me presta ABC para expresar mis opiniones sin censura alguna, trato de dedicarlo a temas que considero serios: política, reflexiones y experiencias personales o de vida. En la selección para esta columna había mucho material; tuve dudas de compartir las siguientes reflexiones porque, cuando de pronto me topé en redes con este tema, me pareció una locura, una broma de mal gusto.
TikTok me mostró las primeras imágenes. Me pareció IA por lo absurdo, pero el algoritmo siguió insistiendo y los videos se repitieron. En unos cuantos minutos me di cuenta de que esto iba en “serio”; que no era la IA, sino la ausencia de IE (Inteligencia Emocional) que raya entre lo que puede ser un desequilibrio emocional o una enfermedad mental en busca de reconocimiento e identidad social en un mundo cada día más complejo y globalizado.
Me refiero a la teriantropía, fenómeno social de “moda” que relativo a la transformación de un ser humano en animal: los therians. Una conducta de algunos jóvenes a través de la cual dicen identificarse con animales más que como humanos —que lo son—, aun cuando se identifiquen con lo que quieran.
Este fenómeno antinatural ha causado revuelo, prendiendo todo tipo de discusiones en torno a su aceptación e inclusión social. Difícil hacer estas reflexiones que, por su absurdo, me llegan a parecer inútiles; sin embargo, son temas actuales que demuestran como las sociedades se comportan a través del tiempo, según las circunstancias políticas, culturales y económicas en que están construidas.
Los therians pueden identificarse con quien quieran, al igual que cada uno de nosotros; es un derecho fundamental, el de la libertad. Pero no pueden exigir la inclusión social plena, pues en un ejercicio de absoluto respeto a los animales es como muchas legislaciones y sociedades hemos avanzado al denominarlos como seres sintientes, exigiendo respeto y trato digno según su especie, domesticados o no.
El caso de los therians rebasa mi capacidad de entendimiento cuando algunas voces pretenden que ese fenómeno llegue a formar parte de la discusión de los derechos de las minorías que, por supuesto, existen; pero este caso en particular sí es para volverse loco.
Imposible imaginar a un therian (lobo o perro) en un restaurante comiendo croquetas con una copa de vino y cubiertos. Tampoco solicitando un crédito bancario o en una boleta electoral, lo único que nos falta.
La positivización de los derechos humanos se ha pervertido, obligándonos a considerar cualquier manifestación social en una discusión seria que debe ocupar la agenda nacional, como si no tuviéramos cosas más importantes.
Lo relevante no son los therians, sino como las sociedades se han vuelto más complejas en relación con temas identitarios que reflejan un síntoma de desorientación colectiva: generaciones sin sentido de pertenencia que llegan a renunciar a lo más evidente, su propia condición humana, caminando con sus 4 extremidades.
FRASE:
“Los therians pueden identificarse con quien quieran, al igual que cada uno de nosotros; es un derecho fundamental, el de la libertad. Pero no pueden exigir la inclusión social plena”
