Hay una crisis de representación política en el país. No la hay en el Ejecutivo federal, pero sí en el otro poder político, el Congreso de la Unión. Porque no solo existen bajos niveles de confianza de manera continua entre los legisladores, sino que también hay una apropiación de la representación legislativa por parte del partido en el poder.
El populismo nace con la democracia representativa, afirma el politólogo alemán Jean-Werner Müller. Que la población tenga voz a través de sus representantes populares, quienes además poseen filosofías políticas distintas, constituye una transgresión democrática para los populistas. En su lógica, la voluntad popular siempre es una sola en la democracia y solo el líder que encabeza el movimiento es capaz de hablar por ella. Pero los populistas también son antiplurales por naturaleza, aborreciendo la variedad de intereses, la diversidad de ideas y el debate público propio de toda sociedad democrática.
La exclusividad de la representación política se presenta como un imperativo moral; es decir, se sostiene como necesaria y justa. "La oposición está moralmente derrotada" y "ellos no tienen autoridad moral para cuestionarnos" son algunos de los señalamientos hechos por el expresidente López Obrador y que han sido reiterados por la actual mandataria mexicana. Basta con recordar la toma de posesión de la presidenta Sheinbaum, quien no mencionó a la oposición ni la volteó a ver. En más de un año de su gobierno, no los ha recibido ni su secretaria de Gobernación los ha invitado a dialogar. Desde esta perspectiva, la oposición no es considerada legítima; es decir, no cuenta con el reconocimiento del gobierno, ya que este considera que carece de respaldo ciudadano y del derecho a ejercer el poder.
Morena y su coalición se han apropiado progresivamente de la representación política. Primero fueron las consultas ciudadanas, llevadas a cabo por el partido y no por el INE, en violación de toda la normatividad para simplemente “demostrar” la voluntad popular, en el sentido decidido de antemano por las élites (la operación de la Central Termoeléctrica Huexca, el establecimiento de la cervecera Constellation Brands, la construcción del Tren Maya, la cancelación del NAIM y un largo etcétera). Continuó con la apropiación del Tribunal Electoral, dejando dos asientos vacantes durante dos años, que posteriormente fueron cubiertos por magistrados afines mediante elección judicial (el resto de los asientos no se sometieron a elección por evidentes razones). Después, vino la sobrerrepresentación del 20% por parte de la coalición encabezada por Morena, no vista desde 1952. Y, finalmente, se conformó un bloque mayoritario de consejeros electorales que han votado de manera consistente para favorecer al partido en el poder, con la adición de que el instituto ha dejado de ser un órgano colegiado, en una medida importante, ante la concentración de poder en la consejera presidenta.
Que la nueva reforma electoral incluya entre sus propuestas el recorte de los legisladores plurinominales forma parte de la misma lógica de apropiación de la representación política. Porque, como comenta Jan-Werner Müller, la representación para el populismo es moral, nunca empírica. Es decir, no se tiene que probar… a través de las elecciones.
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