El mundo está entrando en una nueva era que resultará más incierta, inestable y peligrosa. Los empresarios tendrán que dejar de ser maquinistas (manejando un tren que siempre va hacia adelante con certeza) para convertirse en capitanes de barco, tratando de llegar a un destino que tiene muchos caminos y numerosos contratiempos.
Parafraseando a León Trotsky, en el mundo de hoy, los empresarios no podrán estar interesados en la política, pero la política está interesada en ellos.
“El Mundo de Ayer” es el título de la autobiografía de Stefan Zweig, escrita en el exilio durante la Segunda Guerra Mundial. Zweig plasmó su añoranza por el multiculturalismo del Imperio austrohúngaro, la ausencia de los nacionalismos y el mundo sin fronteras que le había tocado vivir.
Podemos escuchar una rima con lo que ocurre hoy en día, donde quedó atrás la utopía de un mundo en el que imperaría la lógica del mercado, donde los Estados tomarían el asiento trasero del carro, donde los nacionalismos eran cosa del pasado.
Ese espíritu, que imperó tras la caída del Muro de Berlín y el fin de la Guerra Fría, se resumiría en otro libro: “El Fin de la Historia y el Último Hombre”, del estadounidense Francis Fukuyama. El académico de la Universidad de Stanford argumentaría en 1992 que la democracia liberal y el capitalismo de mercado representaban el último escalón en la evolución del ser humano, conduciendo el fin de las ideologías y de las guerras.
Sin embargo, lo que hemos visto en los últimos años es el fin de las páginas en blanco y el regreso de la historia.
Además de la caída relativa del poder estadounidense (la llamada Pax Americana), por primera vez en la historia de la humanidad estamos viviendo en un mundo multipolar (con distintos centros de poder) y multicivilizacional (donde todas las culturas conviven intensamente), según declararía el fallecido académico norteamericano Samuel P. Huntington.
En este mundo vemos el resurgimiento de viejas rencillas históricas, una mayor competencia geopolítica y, ciertamente, más incertidumbre. Ejemplos abundan: la guerra en Ucrania, donde Rusia añora sus años imperiales y desea recuperar su estatus en Europa; las tensiones en Asia, donde la República Popular China desea ser de nuevo el ombligo del mundo; el resurgimiento del Islam en el Medio Oriente y las antiguas pugnas entre el mundo chiíta y suní; y una África que tendrá una explosión demográfica en medio del calentamiento global y una enorme fragilidad estatal.
“El apogeo de la globalización no volverá”, declaró Jamieson Greer, representante comercial del gobierno de Donald Trump. El orden liberal internacional, construido por los Estados Unidos al final de la Segunda Guerra Mundial, se está diluyendo ante nuestros ojos: instituciones internacionales cada vez más ignoradas, alianzas militares cada vez más cuestionadas, intercambios comerciales cada vez más obstaculizados.
Además de las incertidumbres políticas, los empresarios se enfrentarán a dos realidades económicas que parecen afianzarse: la mayor presencia del Estado y la consolidación de bloques regionales.
El Estado asumirá ahora el asiento del conductor, porque la seguridad nacional siempre tiene primacía sobre el resto de las políticas públicas. Lo anterior lo veremos a través de políticas industriales, una mayor participación de capital en las empresas y fronteras reforzadas, todo impensable apenas unos años atrás.
Pero la consolidación de bloques regionales parece igualmente consolidarse mediante el nearshoring y el friendshoring, cuyo fin es ejercer un mayor control sobre las cadenas de suministro ante las incertidumbres globales.
Para México, lo anterior representa un desafío, pero también una oportunidad. Desafío porque tenemos un Estado debilitado, lo cual se ha acentuado en los últimos años ante las políticas del gobierno federal. Sólo basta con ver el fracaso del Plan México, que no ha logrado ni soberanía alimentaria, ni soberanía energética, ni atracción de inversiones.
Sin embargo, la oportunidad radica en la renegociación del T-MEC, con el cual México puede continuar teniendo acceso preferencial al mercado estadounidense en un contexto de menor competencia global.
A diferencia del TLCAN de 1994, hoy el país puede impulsar políticas industriales, potenciando las oportunidades para las pequeñas y medianas empresas mexicanas. Sin embargo, para lograrlo, es un requisito indispensable un Estado fortalecido.
En el mundo que se aproxima, las decisiones empresariales de mediano y largo plazo resultarán más difíciles de tomar. Las consideraciones geopolíticas se volverán fundamentales para que las empresas puedan asignar capital de manera eficiente. Y, para ello, un análisis continuo y más específico de los eventos políticos particulares resultará sumamente relevante.
