Megatragedias

Escrito en OPINIÓN el

La terca realidad se impone. Los megaproyectos del sexenio pasado se desmoronan al mismo ritmo que las mentiras con las que fueron construidos. Ninguno ha resultado exitoso; ninguno ha sido menos costoso ni más benéfico para México. Todos se han convertido en lo que desde un principio eran: una carga económica para las finanzas nacionales, un barril sin fondo como Dos Bocas, que produce gasolina a cuenta gotas y hace unos días se sumó a la lista negra de accidentes.

La tragedia es el común denominador. En lo económico, proyectos insostenibles: su construcción superó por mucho —cuando menos el doble— lo presupuestado. Su financiamiento dejó una hipoteca impagable que heredarán las siguientes generaciones. En lo humano, la improvisación cobra vidas: 5 muertos en Dos Bocas y 13 en el tren del Istmo, sumados a otros accidentes ocurridos tanto en ese corredor como en el Tren Maya. Seis eventos que exhiben una misma constante: improvisación, negligencia y corrupción.

He llegado a creer que quien afirmó que extraer petróleo no era complicado porque bastaba con “hacer un hoyito en la tierra” no hablaba en sentido metafórico, sino literal. Solo así se explica lo que hoy ocurre con estos proyectos. El AIFA, acumula un déficit de pasajeros superior a los trece millones respecto a sus propias proyecciones y opera gracias a subsidios millonarios, pese a todos los intentos por forzar una demanda que se niega a abandonar un aeropuerto de la Ciudad de México viejo, saturado y, paradójicamente, aún indispensable.

Hablando de costos, el político también ha sido otro saldo que se suma a estas obras. La presidenta Sheinbaum ha decidido asumir las consecuencias de una herencia maldita que le deja un margen financiero de maniobra muy escaso para todo su sexenio. La inversión pública irá a la baja, el subsidio de estas obras y el peso de los programas sociales ahogan el presupuesto nacional ante un escenario económico complejo, marcado por la guerra arancelaria.

Lo más grave no es que estos proyectos hayan fallado, sino que nadie quiera hacerse responsable de su fracaso. No hay auditorías profundas, no hay rendición de cuentas, no hay consecuencias. El discurso oficial insiste en llamar “éxito” a lo que en la realidad es déficit, subsidio y riesgo. La factura sigue creciendo y se normaliza la idea de que el dinero público puede diluirse sin explicación, como si el presupuesto nacional fuera inagotable y la paciencia social infinita.

“Ya cuando se descarrile, será otro pedo” es la frase que retrata la corrupción detrás de estas obras. Una sentencia anticipada que hoy se convierte en tragedia: 18 muertos, cientos de heridos en el tren y Dos Bocas. Y, como casi siempre ocurre, los responsables políticos desaparecerán del escenario, mientras un maquinista, un despachador y otro desprotegido cargarán con la culpa.

Un “pañuelo blanco” que terminó manchado de sangre por la corrupción e impunidad. La verdad los alcanzó.