Tuve la oportunidad hace unos días de tener una plática con jóvenes de la Escuela Industrial y Preparatoria Técnica “Álvaro Obregón” de la UANL. Me quedé gratamente sorprendido que no obstante de su corta edad, estuvieron muy receptivos y que sus preguntas sobre el tema expuesto de la Filosofía del Gobierno del Estado y la Ética como una Virtud Académica y Profesional fueron claras y representaban madurez. Por lo tanto me hicieron reflexionar y ahora quiero compartir con ustedes, estos pensamientos.
La democracia no se sostiene únicamente en leyes; se nutre del idealismo cívico. La dignidad humana y la energía social son pilares irrenunciables. En este sentido, los jóvenes representan una fortaleza porque encarnan el ímpetu transformador de nuevas generaciones. Hoy, más que nunca, necesitamos fortalecer la cultura democrática como un ejercicio cotidiano. La democracia no debe ser solo un sistema de gobierno, sino una forma de vida.
No basta con acudir a las urnas; se trata de vivir el civismo en la escuela, en el barrio, en las redes sociales. La juventud debe ser protagonista de este proceso y no espectadora. La educación cívica debe fortalecerse y volver a ocupar un lugar central, no como una asignatura burocrática o de relleno, sino como un espacio prioritario para la reflexión sobre la libertad, la responsabilidad, el bien común y la solidaridad; en una palabra: “lo que quieren los jóvenes para su país”.
Recordemos a José Vasconcelos, que impulsó la educación cívica y cultural como base de la identidad nacional; también a Jaime Torres Bodet, que defendió la enseñanza del civismo como parte de la formación universal, vinculando valores democráticos con la paz internacional. De igual modo, a Benito Juárez, cuyo legado jurídico y político se convirtió en referente de respeto a la ley y a la dignidad humana. Su frase universal “El respeto al derecho ajeno es la paz” es un emblema cívico.
Una democracia sólida requiere jóvenes que comprendan que el respeto a la ley no es por miedo al castigo, sino reconocimiento de la dignidad propia y ajena, recordemos que vivimos en una sociedad. En tiempos de polarización, la juventud puede ser el puente que nos recuerde que la democracia no es un campo de batalla, sino un terreno común donde se construye el futuro.
La política suele ser vista por muchos jóvenes como un terreno ajeno, marcado por la desconfianza y la polarización. Sin embargo, la historia demuestra que las grandes transformaciones sociales han nacido de generaciones que decidieron participar, cuestionar y proponer. Hoy, la juventud mexicana enfrenta un dilema: permanecer como espectadora de un sistema que parece distante, o convertirse en protagonista de una cultura democrática que necesita renovarse.
La apatía es comprensible, pero peligrosa; la esperanza, en cambio, es un motor que puede reactivar la vida pública. La política no es solo partidos y elecciones: es también la defensa de derechos, la construcción de comunidades y la búsqueda de justicia. Los jóvenes, con su energía y creatividad, tienen la capacidad de abrir nuevos caminos, de exigir transparencia y de proponer soluciones innovadoras. Los jóvenes no solamente son el futuro: ya son el presente.
