Coordinador General de RegioPoder
Hay algo todavía más peligroso que una crisis: acostumbrarse a ella.
En Nuevo León nos acostumbramos demasiado rápido a vivir mal. Nos acostumbramos al tráfico imposible, a respirar aire contaminado, a las obras eternas, a las fugas de agua, a la polarización política, a los servicios saturados y a la confrontación permanente. Nos acostumbramos a que las reglas existan únicamente para algunos y a que las instituciones lleguen tarde a casi todo.
Y quizá lo más grave es que comenzamos también a acostumbrarnos emocionalmente.
A vivir cansados.
A vivir molestos.
A vivir desconfiando.
A vivir pensando que “así funciona el sistema”.
Poco a poco dejamos de exigir soluciones y comenzamos simplemente a aprender a sobrevivir alrededor de las fallas. Planeamos nuestras rutas pensando en el caos vial. Modificamos horarios por miedo a la inseguridad. Normalizamos trámites absurdos, servicios deficientes y gobiernos atrapados en confrontaciones constantes mientras la ciudadanía sigue esperando resultados.
Una sociedad comienza a deteriorarse cuando deja de indignarse por aquello que nunca debió normalizar.
Eso no solamente desgasta la calidad de vida. También erosiona la confianza colectiva.
Porque cuando una sociedad deja de creer que las reglas sirven, que las instituciones funcionan y que participar vale la pena, aparece algo todavía más peligroso: la resignación.
La resignación de pensar que nada va a cambiar.
La resignación de asumir que todos incumplen.
La resignación de creer que exigir no sirve.
La resignación de acostumbrarnos al desorden.
Y una sociedad resignada deja de construir futuro.
El problema no es únicamente lo que está mal. El problema es todo aquello que ya empezamos a considerar normal.
Tal vez uno de los mayores riesgos que enfrenta Nuevo León no sea la crítica, ni la polarización, ni siquiera la crisis institucional. Tal vez el mayor riesgo sea convertirnos en una sociedad que normalizó funcionar mal.
Porque las ciudades no colapsan de un día para otro. Se desgastan lentamente cuando la ciudadanía deja de involucrarse y las instituciones dejan de generar confianza.
Hablar de cultura de la legalidad no significa hablar únicamente de leyes, sanciones o burocracia. Significa entender algo mucho más básico: las sociedades funcionales requieren reglas claras, autoridades capaces y ciudadanos dispuestos a involucrarse más allá de la indignación momentánea.
La gobernabilidad no se pierde de golpe. Se erosiona cada vez que la ciudadanía deja de creer que participar sirve para algo.
Desde RegioPoder hemos insistido en algo fundamental: la ciudadanía no puede limitarse únicamente a observar cómo se deteriora su entorno. Tiene que participar, organizarse y construir. Porque ningún gobierno, partido o institución podrá resolver por sí solo los grandes retos de Nuevo León.
Porque el deterioro de una sociedad no comienza cuando aparecen las crisis.
Comienza cuando dejamos de sorprendernos por ellas.
Cuando el desorden se vuelve costumbre. Cuando la desconfianza se vuelve rutina.
Cuando vivir mal deja de parecernos inaceptable.
Y quizá ahí se encuentra uno de los mayores riesgos para Nuevo León: convertirnos en una sociedad que aprendió a sobrevivir entre las fallas, en lugar de exigir instituciones capaces de corregirlas.
“Una sociedad que normaliza vivir mal corre el riesgo de olvidar cómo se veía vivir mejor.”
