Más allá de la fiesta: lo que el Mundial nos deja

En Monterrey fuimos testigos de obras inconclusas y de una ejecución desaseada que convierte la vida cotidiana en un suplicio para quienes viven o transitan por sus alrededores.

Escrito en OPINIÓN el

Este lunes 29 de junio concluyó el Mundial en Nuevo León. Fueron 15 días, cuatro partidos, siete selecciones, miles de visitantes y, en términos generales, un saldo blanco durante la celebración de los encuentros. Más allá del entusiasmo en las calles, el espectáculo deportivo y de autoridades en "modo fiesta", el paso de la justa mundialista por nuestro estado deja varias reflexiones.

La primera tiene que ver con cómo las autoridades, en todos los órdenes de gobierno, parecen haberse acostumbrado a no concluir los proyectos en tiempo ni conforme a lo prometido. Aunque no fue un problema exclusivo de esta sede, aquí fuimos testigos de obras inconclusas y de una ejecución desaseada que convierte la vida cotidiana en un suplicio para quienes viven o transitan por sus alrededores. Parece que el fin justifica la falta de seriedad en los plazos, los incidentes en el proceso. Prometer sí empobrece: erosiona la confianza pública de la ciudadanía en sus autoridades.

Durante estos días también vimos a las autoridades dedicar buena parte de sus esfuerzos a recibir a las selecciones visitantes: anuncios en las calles, plazas adornadas con banderas, caravanas de bienvenida. Mucho menor fue el interés por invertir en condiciones que hicieran la ciudad más transitable y mejoraran la experiencia de quienes nos visitaban y, de paso, la de quienes la habitamos todos los días. Un ejemplo es el servicio público más utilizado por los visitantes al Área Metropolitana de Monterrey: las banquetas. Durante el último año los municipios metropolitanos destinaron, en promedio, apenas seis de cada cien pesos invertidos en movilidad a este rubro (6% que, además debe considerar también otras inversiones en movilidad no motorizada).

El Mundial tampoco fue suficiente para proyectar la imagen de una sola ciudad. Estado y municipios optaron por presentarse como anfitriones distintos, cada uno con su propia identidad, colores y actividades. En una metrópoli que funciona como un solo territorio, la fragmentación institucional volvió a hacerse evidente, incluso en un evento que representaba un buen pretexto para hacer frente común.

Es difícil imaginar que la afición de Países Bajos haya encontrado el mismo escenario en sus otras sedes, grandes áreas metropolitanas como Dallas y Houston. Aquí, en cambio, la falta de una visión compartida quedó en evidencia. Ese fue el reflejo de un problema más profundo: sin reglas claras ni voluntad política para coordinarse, cada gobierno sigue operando por su lado, tanto en asuntos menores —como la organización de un evento internacional— como en los grandes desafíos que definirán el futuro de la ciudad.

Finalmente, en los días previos al primer partido, la claridad del aire despertó un marcado sentimiento de orgullo. Durante algunos días fue posible contemplar con nitidez las montañas que rodean el Área Metropolitana, gracias a las condiciones atmosféricas propias de la temporada. Ese breve respiro permitió imaginar la ciudad posible: una que no solo pueda presumirse ante las visitas, sino disfrutarse cotidianamente por quienes vivimos en ella; una ciudad que haga honor a su identidad como la ciudad de las montañas, con un aire limpio como parte de su vida diaria. El gusto, sin embargo, duró poco y regresamos a la realidad más habitual donde no existe tanta claridad en la atmósfera.

Si queremos que el Mundial deje un legado que perdure con el tiempo, debemos atender las reflexiones que éste nos dejó. La ciudad está en juego.