Antes que una celebración, que este día sea una oportunidad para examinar nuestra responsabilidad como juristas.
Hoy nos reunimos para celebrar el Día del Abogado. Pero sería un error convertir esta fecha únicamente en un intercambio de felicitaciones. Los tiempos que vivimos no reclaman discursos complacientes; reclaman conciencia, valor y responsabilidad.
Vivimos una época marcada por la polarización política, la incertidumbre económica, los conflictos internacionales, la desinformación y una preocupante erosión de la confianza en las instituciones. En demasiados lugares del mundo, el derecho ha dejado de ser un límite para el poder y ha comenzado a ser tratado como un instrumento del poder.
Y cuando eso ocurre, la primera víctima no es el abogado; es el ciudadano.
Nuestra profesión nació para poner límites a la arbitrariedad. No para justificarla. El abogado no puede ser un simple técnico al servicio de cualquier interés. Es, ante todo, un custodio de la legalidad y de la libertad.
También debemos tener la honestidad de mirar hacia nuestro propio gremio. La sociedad no siempre desconfía de los abogados por ignorancia; muchas veces desconfía porque algunos han convertido el derecho en un negocio sin principios, porque han confundido la habilidad con el engaño, la estrategia con el abuso y el éxito profesional con la renuncia a la ética.
Cada vez que un abogado utiliza su conocimiento para torcer la justicia, no solamente traiciona a su cliente o a un tribunal; traiciona la esencia misma de nuestra profesión.
Pero tampoco podemos guardar silencio cuando el derecho es debilitado desde el poder. Ninguna democracia puede sobrevivir si los jueces son intimidados, si las leyes se utilizan para perseguir adversarios o proteger aliados, si las instituciones se subordinan a intereses políticos o si la Constitución deja de ser el marco que limita al poder para convertirse en
un documento que el poder interpreta a su conveniencia.
Los abogados no estamos llamados a aplaudir a los gobiernos ni a combatirlos por sistema. Estamos llamados a defender el Estado de derecho, sin importar quién ocupe el poder. Nuestra lealtad debe ser con la Constitución, con la justicia y con la dignidad de las
personas, nunca con la conveniencia política.
Vivimos además un mundo convulsionado por guerras, tensiones geopolíticas, migraciones masivas, desafíos tecnológicos e inteligencia artificial que transforman la manera en que vivimos y decidimos. Frente a estos retos, el derecho no puede quedarse inmóvil. Debe
evolucionar sin perder sus principios, porque la tecnología puede acelerar las decisiones, pero jamás sustituirá la conciencia moral que exige la justicia.
Hoy más que nunca hacen falta abogados que no vendan su independencia por un cargo, que no negocien sus principios por una influencia, que no silencien su voz por miedo ni por comodidad.
El prestigio de nuestra profesión no depende de las leyes que conocemos, sino de los valores que estamos dispuestos a defender cuando hacerlo tiene un costo.
Que este Día del Abogado no sea solamente una celebración. Que sea un compromiso renovado con la verdad, con la libertad y con la justicia. Que las nuevas generaciones encuentren en nosotros un ejemplo de integridad y no una explicación del desencanto.
Porque cuando los abogados renuncian a su misión, el poder deja de tener límites y la sociedad pierde su última defensa. Pero cuando los abogados cumplen con su deber, aun en los momentos más difíciles, mantienen viva la esperanza de que el derecho puede prevalecer sobre la fuerza y que la justicia siempre será el fundamento de una nación libre.
Feliz Día del Abogado. Que este reconocimiento no nos haga sentir satisfechos; que nos haga sentir más responsables.
