Cada revolución tecnológica ha obligado a replantear la forma en que entendemos nuestro trabajo. La imprenta transformó el acceso al conocimiento; el internet cambió la velocidad con la que circula la información, y hoy la inteligencia artificial nos enfrenta a una pregunta todavía más profunda: ¿qué papel debe seguir desempeñando el buen juicio humano cuando las máquinas son capaces de analizar, redactar e incluso proponer soluciones en cuestión de segundos?
Tuve la oportunidad de asistir al evento que convocó la International Chamber of Commerce México (ICC México) sobre el uso de la inteligencia artificial en el arbitraje comercial. Tema de mi personal interés como abogado y practicante del arbitraje. Como resultado de los comentarios vertidos en esa reunión, pensé en compartir con mis colegas y el público en general algunas ideas sobre ese particular.
El derecho no está al margen de esta transformación. Por el contrario, una de las áreas donde puede la inteligencia artificial comenzar a tener mayor impacto es el arbitraje, un mecanismo cuya esencia descansa en la especialización, la confianza y la imparcialidad.
Las nuevas herramientas ya permiten organizar grandes volúmenes de evidencia, identificar precedentes, elaborar borradores de escritos e incluso apoyar en la preparación en la forma de proyectos de laudos. Son avances que reducen tiempos, optimizan recursos y permiten que los profesionales concentren sus esfuerzos en aquello que verdaderamente aporta valor: el análisis jurídico y la toma de decisiones.
Sin embargo, toda innovación trae consigo nuevas responsabilidades. La incorporación de la inteligencia artificial en los procedimientos arbitrales abre debates que hace apenas unos años parecían lejanos. ¿Debe informarse cuando un árbitro utiliza herramientas de IA para elaborar un proyecto de resolución? ¿Cómo garantizar la confidencialidad de la información procesada? ¿Quién responde si una herramienta genera errores o incorpora sesgos en el análisis? ¿Hasta dónde puede delegarse una tarea sin comprometer la independencia del criterio jurídico? Son preguntas que no admiten respuestas simples.
Efectivamente la tecnología puede convertirse en una extraordinaria aliada para la justicia, siempre que permanezca como un instrumento y no como un sustituto del razonamiento humano. Ningún algoritmo posee principios, prudencia, conciencia moral o responsabilidad jurídica. Esas cualidades siguen siendo exclusivas de las personas que asumen la función y la responsabilidad de juzgar o resolver controversias.
El análisis de normas, Contratos, Convenios y Acuerdos requiere algo más que una máquina fría, sin experiencia de la vida propia. Este factor del ser humano permite entender con una óptica única el problema en su origen y en su solución.
Por ello, resulta especialmente oportuno que instituciones como el CIAM-CIAR (Centro Internacional e Iberoamericano de Arbitraje de Madrid) o la ICC (International Chamber of Commerce) o cualquier otra institución que administre arbitrajes, impulsen espacios de reflexión donde juristas, árbitros, especialistas en tecnología y empresarios beneficiarios del arbitraje, dialoguen sobre los retos que plantea esta nueva realidad. La velocidad con la que evoluciona la inteligencia artificial exige que el derecho avance al mismo ritmo, no para frenar la innovación, sino para darle cauce mediante reglas claras y principios sólidos.
Ya hay un interés particular de los Centros de Administración de Arbitrajes serios y reconocidos, para buscar límites de la Inteligencia Artificial y no perder la oportunidad de utilizarla como una herramienta en beneficio del hombre, pero no ceder en su totalidad las importantes actividades del ser humano profesional y experto en diferentes materias de derecho.
Ahora bien, hay que tener mucho cuidado, en un ejercicio que implementé en un caso hipotético, pedí criterios, tesis y jurisprudencias a la Inteligencia Artificial, llevándome la sorpresa que los rubros y números de registro en el sistema de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, no correspondían; es más, ni siguiera por el rubro. Esto es precisamente lo que se conoce en la Inteligencia Artificial como “alucinaciones”, errores que hay en la nube cibernética, causados precisamente por el gran número de temas e información que hay en los medios electrónicos de los que se nutre la Inteligencia Artificial.
El futuro del arbitraje y, en buena medida, de la impartición de justicia no dependerá únicamente de qué tan sofisticadas sean las herramientas que utilicemos, sino de la capacidad que tengamos para emplearlas con ética, responsabilidad y sentido humano.
Porque la verdadera inteligencia que debe prevalecer en el derecho no es la artificial. Es la inteligencia de quienes entienden que la tecnología puede fortalecer la justicia, pero nunca reemplazar los valores sobre los que ésta se sostiene.
México no puede permanecer como espectador de este proceso. Nuestro país cuenta con una comunidad jurídica de gran nivel y con una creciente capacidad tecnológica. La oportunidad consiste en construir un marco que permita aprovechar los beneficios de la inteligencia artificial sin poner en riesgo la certeza jurídica, la transparencia, ni la confianza en nuestras instituciones.
