¿Tú eliges o el algoritmo elige por ti? El precio de vivir conectados

El algoritmo puede recomendarnos el camino, pero no debemos permitirle conducir nuestra vida

Escrito en OPINIÓN el

Me persigue un algoritmo, busqué una maleta en internet y, durante varios días, las maletas aparecieron por todas partes: en Facebook, Instagram, YouTube y hasta entre las noticias que estaba leyendo. Después vi un video sobre Croacia y, de pronto, mis redes se llenaron de viajes, hoteles y recomendaciones de viaje. La sensación es inevitable: “me persigue un algoritmo”.

Pero el algoritmo no solo nos persigue: nos observa, aprende y se anticipa. Cada “me gusta”, búsqueda, compra, comentario o el tiempo que permanecemos frente a un video le proporciona información. Con esos datos intenta descubrir qué nos interesa, qué nos emociona y qué podría mantenernos más tiempo frente a la pantalla.

El problema comienza cuando deja de mostrarnos lo que elegimos y empieza a influir y decidir en lo que elegiremos.

Las plataformas conocen nuestros horarios, preferencias, temores y hasta nuestro estado de ánimo. Si vemos un contenido completo, nos ofrecen diez similares. Si reaccionamos con enojo, interpretan que nos interesa y nos presentan más mensajes capaces de provocarnos. Para el algoritmo, el entusiasmo y la indignación valen casi lo mismo: ambos generan atención.

Así se construye una burbuja invisible. Terminamos escuchando la música que nos recomiendan, comprando lo que aparece repetidamente y leyendo opiniones parecidas a las nuestras. Poco a poco podemos creer que el mundo piensa como nosotros, cuando en realidad sólo estamos viendo una versión personalizada y limitada de la realidad.

¿Podemos evitarlo? No completamente, pero sí recuperar el control. Conviene borrar periódicamente el historial de búsquedas y reproducciones, desactivar los anuncios personalizados, limitar los permisos de las aplicaciones y rechazar las cookies que no sean necesarias. También debemos evitar reaccionar impulsivamente ante contenidos que buscan provocar miedo o enojo, porque cada interacción alimenta al sistema.

Hay que seguir fuentes distintas, buscar opiniones contrarias, entrar directamente a medios confiables en lugar de consumir únicamente lo que aparece en el inicio y preguntarnos con frecuencia: “¿Yo elegí ver esto o alguien lo eligió por mí?”. También ayuda dejar el teléfono durante ciertos momentos del día y no permitir que la pantalla sea la primera y la última compañía de nuestra jornada.

No se trata de abandonar la tecnología, sino de utilizarla con conciencia. El algoritmo puede recomendarnos el camino, pero no debemos permitirle conducir nuestra vida. Y conviene recordar una regla fundamental de la era digital: cuando en internet un servicio parece ser gratuito, probablemente “el producto somos nosotros”,  inakialzugaray@gmail.com