Adiós a la fotografía: Paolo Gasparini

México está presente en el volumen con retratos de Luis Barragán en su casa de General Ramírez 14. Manuel Álvarez Bravo con Flor Garduño cuando fue su asistente, y Graciela Iturbide en el jardín de la casa diseñada por Mauricio Rocha.

Créditos: Especial
Escrito en OPINIÓN el

Una especie de álbum, diario de memorias, de viajes, la vida de uno de los últimos grandes fotógrafos de nuestro tiempo es lo que hay-contiene-resume: “Paolo Gasparini, adiós a la fotografía”.  

Y la cuenta e ilustra él mismo en un bello fotolibro que se publicó en España hace unos meses y todavía no circula en México, su tercer país de residencia según su biógrafa Sagrario Berti. En Italia y Venezuela tiene sus otras casas, en la primera nació en 1934, en la segunda habita desde 1954, a nuestro país llegó en 1971, en compañía del crítico de arte Damián Bayón, y no se ha alejado desde entonces.

Dicho lo anterior, quizás sería más acertado mencionar que se trata de una autobiografía a sus 92 años de edad. No obstante, incluye textos de Juan Antonio Molina, Giuliano Salvatore, Alejandro Sebastiani Vertezza y Johana Pérez Daza. Además de escritos del fotógrafo en solitario y con la participación de los dos últimos nombres mencionados. En palabras del fotógrafo, sería un fotorrelato.

El título en la portada matiza la posición radical y actual de Paolo Gasparini sobre su pasión de vida: la fotografía, y no duda en adaptar para lo suyo la frase, sobre la pintura, de Paul Delaroche como título para uno de sus textos: ¡La fotografía ha muerto! En tanto en otro, repetición de un guion audiovisual de 1985, habla de sus usos, lo que permite conocer sus ideas en torno a fotografía vía una serie de frases cortas, máximas-aforismos tipo las “Meditaciones” de Marco Aurelio.

Pero el leitmotiv en la publicación son las fotografías: retratos de amigos, colegas-fotógrafos, intelectuales y amantes-parejas, la mayoría han muerto ya, pero sus efigies alternan aquí con el oropel y la miseria presente en las grandes ciudades, y las profundas y vergonzosas desigualdades que se viven en las sociedades actuales, lo mismo se esté en la Europa de Macron/ Walter-Steinmeier  que en la América Latina de Delcy Rodriguez/ Javier Milei ó en los Estados Unidos de Donald Trump.

A Henri Cartier-Bresson dedica un apartado, cuenta-recuerda que, en La Habana de los años 60 del siglo pasado, en el Copacabana, ante la negativa del equipo de seguridad del cabaret para retratar a las bailarinas, el célebre fotógrafo francés soltó ufano: “a mí no me interesa la fotografía, me interesa la vida”. Y confiesa que durante una caminata por el Malecón descubrió “el instante decisivo” de su colega. Se acuerda también que años después visitaron, en Paris, la muestra retrospectiva de Willem de Kooning, donde hizo un retrato al también pintor en una pose que parece un ejecutante de ballet, y recuerda al que lleva la autoría de Lola Álvarez Bravo.  

México está presente en el volumen con retratos de Luis Barragán en su casa de General Ramírez 14. Manuel Álvarez Bravo con Flor Garduño cuando fue su asistente, y Graciela Iturbide en el jardín de la casa diseñada por Mauricio Rocha. Con registros sobre el caos en las calles de la CDMX y la angustia social cotidiana que parecen resumirse en la esquina de Paseo de la Reforma y Calzada México-Tacuba: el grito mudo-sordo de un hombre en el relieve de la barda de la Iglesia de San Hipólito, y portada del CD que contiene el audiovisual “Los presagios de Moctezuma” con voz de Carlos Monsiváis. Y también aparecen heridas que duelen, que no cicatrizan, que todavía sangran como Acteal.

Cuba y Panamá tienen apartado-lugar independiente, especie de portafolios, quizás porque ambas ejemplifican-ilustran-representan el desencanto de la inmensa mayoría de los habitantes del planeta en nuestros días; en la isla ya no queda nada, como bien refleja la mirada de Edmundo Desnoes.

En el país centroamericano “el progreso material” no disimula el vacío existencial que manifiesta un montón de cables que conectan con todo menos con el individuo. Pero, ojo, son fotos que tiene décadas y hoy es lo mismo en cualquier centro urbano. Entre ambos polos solo parece quedar la mirada y, a veces, la risa de la infancia a la que el fotógrafo siempre está atento, ¿la esperanza-el futuro?

El texto de Juan Antonio Molina arroja luz sobre las dos etapas a que corresponden a las fotos sobre la mayor de las Antillas: la ilusión por un mejor futuro, la esperanza de una vida digna, que creó la llegada al poder de Fidel Castro (la serie sobre la zafra) y el desencanto actual contenido por la represión que no se puede disimular (los taxistas-guaruras del Hotel Inglaterra) y ante la que hay tener presente,  como señala el autor en su ensayo: el carnaval-la revolución-el poder siempre ocultan su lado más siniestro. Es decir, lo que ha quedado fuera de las imágenes.

Giuliano Salvatore refiere que capital y poder no hacen una sociedad más igualitaria sino ejemplo de la frase de Walter Benjamin: todo documento de civilización es también documento de barbarie. Sentencia que ilustran dos fotos: la ofrenda floral a los civiles masacrados por Estados Unidos en 1989 y otra que recuerda la toma de Héctor García a los diablitos que iluminan las noches de Ciudad Neza. Las marañas de antes al menos se comercializaban para saciar el hambre, hoy la fibra óptica solo contamina el paisaje, no contribuye a llevar algo al estómago.

En “Adiós a la fotografía” hay revelaciones de hechos no registrados en la bibliografía sobre el fotógrafo: en 1979 el gobierno de Fidel Castro echó a Paolo Gasparini de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba “por una actitud no ética con la revolución” cubana, sentencia que avalaron-secundaron, entre otros, Mario Benedetti y Roberto González Retamar. El motivo de la expulsión fue la invitación a Edmundo Desnoes a un encuentro sobre fotografía en Venecia, y que el escritor aprovechó para “refugiarse en el imperio”.

Baste recordar que unos años antes, en 1972, Paolo Gasparini había publicado, en México, el hoy icónico fotolibro “Para verte mejor, América Latina” con textos de Edmundo Desnoes. Una publicación que forma parte, entre otras, de la colección del Museo de Arte Reina Sofía, una joya bibliográfica que en su momento despreciórechazó-descartó de una de sus bibliotecas el Instituto Nacional de Antropología e Historia.  Un ejemplar que testimonia una historia de amor que lo rescató entonces para finalmente llegar, en este milenio, a las manos del diseñador gráfico Umberto Peña, quien diseñó el fotolibro, y escapó de la isla en 1992.

El fotógrafo dedica páginas a sus amantes-parejas: Franca Donda, impresora de       prodigiosas fotos en blanco y negro de Paul Strand y el mismo Gasparini; y Mariana Figarella, autora de un libro, publicado por la UNAM, sobre Weston y Modotti. A Victoria de Stefano y Armand Gatti, cuyos textos acompañaron-iluminaron su exposición de 1985 en el Museo de Arte Moderno de la CDMX y por la que Adolfotógrafo le dedicó un ofensivo comentario. A sus colegas Paul Strand, Alberto Korda y Josep Koudelka, Gisele Freund y Sandra Eleta.

No está de más recordar que las fotos -como tales o en audiovisuales, murales y fotolibros- de Paolo Gasparini están en las más importantes colecciones fotográficas del mundo. El Moma y el MET de Nueva York, la Fondation A Stichting de Bruselas, la Fundación Mapfre de España, la Casa de las Américas en Cuba, la Biblioteca Nacional de Francia, la Fundación Televisa de México y el Museo de Bellas Artes de Caracas son solo unas cuantas de las instituciones con su obra.   

Tanto el título de la publicación como el texto de Gasparini referente al fin de la fotografía representan su postura actual, en el primer caso se refiere a la práctica de la fotografía tal y como él la desempeñó en el pasado, en el segundo va sobre el desarrollo tecnológico en que está inmersa en la actualidad y que se traduce en comercio, banalidad y vulgaridad. Es obvio que no se trata de un retiro profesional, aunque la edad impone límites difíciles de sortear en el día a día cuando se pasa de nueve décadas, lapso que obliga a extremar precauciones y cuidados.

Por último, hay que decir que “Paolo Gasparini, Adiós a la Fotografía” es un objeto bello, con un formato que apuesta a la atención del lector que ve, es un tamaño un tanto cuadrado sin dejar de ser rectangular, continuación de “Para verte mejor América Latina” y siguen “El suplicante”, y “Fotollavero mexicano” pero, el reciente con las dimensiones señaladas que lo singularizan sobre los otros. Impreso en Madrid por Mal de Ojo y papeles mínimos en sobrios y elegantes papeles, y con tipografía de Daniel Hernández. Tenerlo entre manos, hojearlo, es un disfrute que tiene mucho de cinematográfico, de película documental.

El fotógrafo mismo advierte que no es un fotolibro, lo que refuerza la carencia de índice sobre el contenido, él lo llama “un mamotreto”, en ese sentido del humor es más bien una bola de vivencias, un montón de recuerdos, pero hay un plus, un lujo que solo la fama y el prestigio como artista de Paolo Gasparini puede merecer-tener-permitirse: repite la “espectacular cubierta” (Horacio Fernández), la portada de hace 54 años, la de Siglo XXI México en 1972, la de “Para verte mejor América Latina”.

Esperemos que haya segunda parte con los recuerdos-vivencias que quedaron fuera en esta primera vuelta atrás de Paolo Gasparini, a sus más de 70 años tirando fotos para evidenciar lo que ocurre en los lugares del mundo por donde ha él ha caminado. Ojalá y sea pronto.