Estados Unidos.- Beyoncé no solo ha cerrado el año con broche de oro; ha sellado su destino como una de las figuras más poderosas en la historia de la economía del entretenimiento.
Al alcanzar un patrimonio superior a los mil millones de dólares, la artista no solo celebra una cifra en una cuenta bancaria, sino la culminación de una estrategia de independencia total que comenzó hace décadas.
A diferencia de otros artistas que dependen de grandes contratos corporativos, "Queen Bey" ha construido un ecosistema donde ella es la dueña absoluta; desde su compañía Parkwood Entertainment hasta el control total de su catálogo musical.
Este hito financiero no es casualidad, sino el resultado de un año frenético donde su versatilidad fue su mejor activo.
Su incursión en el country con Cowboy Carter no solo desafió los límites del género, sino que alimentó una gira mundial que recaudó más de 400 millones de dólares en entradas.
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A esto se sumó un cierre de año espectacular con su presentación en el medio tiempo de la NFL transmitida por Netflix el día de Navidad, un movimiento que le reportó cerca de 50 millones de dólares y reafirmó su estatus como la máxima "performer" de nuestra era.
Pero la verdadera magia de su fortuna actual reside en su capacidad para diversificarse fuera de los escenarios.
Beyoncé ha demostrado que su nombre es garantía de éxito en cualquier mercado; su marca de cuidado capilar, Cécred, se convirtió en el lanzamiento más exitoso en la historia de Ulta, mientras que su incursión en los licores de lujo con el whisky Sir Davis y sus contratos de alto perfil con marcas como Levi’s han inyectado flujo constante a su capital.
Todo esto se complementa con una visión patrimonial envidiable, que incluye la compra de la mansión más cara en la historia de California: una joya de 200 millones de dólares en Malibú que sirve como el cuartel general de la dinastía Carter.
Al unirse al exclusivo club de los músicos multimillonarios junto a figuras como Taylor Swift y Rihanna, Beyoncé deja claro que su legado no se limita a las listas de popularidad.
A sus 44 años, ha dejado de ser simplemente una estrella del pop para convertirse en un caso de estudio sobre soberanía financiera y poder cultural.
