Masajistas de la Macroplaza: La historia del proyecto de inclusión laboral en Monterrey

A través del servicio de masajes, personas con discapacidad encuentran un sustento económico, un espacio de integración y apoyo mutuo.

Masajistas de la Macroplaza: La historia del proyecto de inclusión laboral en Monterrey.
Masajistas de la Macroplaza: La historia del proyecto de inclusión laboral en Monterrey.Créditos: Archivo / ABC Noticias
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Monterrey.- Con el paso de los años, la Macroplaza de Monterrey se ha consolidado no solo como el principal corazón cívico y turístico de la ciudad, sino también como un espacio de inclusión, al convertirse en un punto de encuentro laboral para masajistas, en su mayoría personas sordas o con discapacidad visual. 

De acuerdo con uno de los masajistas, este proyecto surgió durante la administración del entonces alcalde, Adalberto Madero (2006- 2009), con el objetivo de brindar una alternativa laboral a personas con discapacidad y, al mismo tiempo, ofrecer servicios de relajación a visitantes que buscan aliviar el estrés y el cansancio de la rutina diaria.

Alrededor de las 11:00 horas de ayer, ABC Noticias realizó un recorrido por el lugar, donde en un primer momento se observó la presencia de tres masajistas; sin embargo, conforme transcurrieron los minutos, se fueron sumando otros cuatro, incrementando la actividad. 

Uno de los profesionales es Alberto Arellano, quien perdió la vista debido a la retinopatía diabética y lleva cerca de 14 años trabajando como masajista en la Macroplaza. Para él, este oficio representa su principal fuente de ingresos. 

“Me gusta lo que hago y es lo que sé hacer; además, esta es mi fuente de trabajo. Soy discapacitado visual; no tengo otra forma de solventar gastos en la casa. 

Yo tenía mi trabajo normal, trabajaba en un taller de moldes para el área de la fundición, pero como quedé ciego, ya no pude trabajar”, compartió. 

Alberto sale de su domicilio, en el municipio de Salinas Victoria, alrededor de las 08:00 horas acompañado de su hermana, quien lo apoya para trasladarse en transporte público; a las 10:00 horas se instala en la Macroplaza y da inicio a una jornada laboral que se extiende por cerca de nueve horas. 

“He enfrentado muchos retos y obstáculos, principalmente la libertad de sentirte seguro y de ahí empezar a, pues, a moverte, que la ciudadanía otra vez te vea normal, porque sí es muy difícil la depresión, pero para no seguir en ello, busqué otras formas de solventar los gastos”, mencionó.

A unos metros de Alberto se encuentra Abel Pesina, quien vive con ceguera total y que desde hace cuatro años acude de manera constante a este espacio público. 

“Hace cuatro años que llegué y desde entonces todo se ha sentido muy bien. Te vas integrando poco a poquito, tienes compañeros nuevos, vas conociendo más gente, algunos llegan y otros se van, pero el compañerismo es el mismo”, aseguró.

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