Gracias, Chapo

Escrito en OPINIÓN el

Hace unos días conocí al Chapo. Fue en Guachochi, Chihuahua, justo donde comienza esa inmensidad de la Sierra Tarahumara que desde lejos imaginamos misteriosa, inexpugnable y peligrosa, el triangulo dorado. El Chapo conoce bien esas tierras, sus caminos, sus montañas, sus caballos y, sobre todo, a su gente.

Éramos veinte cabalgantes provenientes de distintas partes del país, con historias y entornos diferentes. Pero arriba de un caballo todo aquello importa bastante poco. Durante tres días compartimos el mismo camino, el cansancio, la diversión y el asombro frente al paisaje. También una regla elemental que nadie necesitó explicar: cuidarnos unos a otros.

En la sierra aprendí que las distancias y el tiempo tienen otro significado. Cuando preguntábamos cuánto faltaba, la respuesta era siempre tranquilizadora: “ya casi”, “aquí nomás, traslomita”. Pronto descubrimos que aquella lomita podía esconder otras tres y que el “ya casi” podía significar todavía algunas horas a caballo.

Para ellos realmente estaba cerca. Tal vez el tiempo no transcurra más despacio en la sierra; somos nosotros quienes en la ciudad hemos aprendido a vivirlo demasiado deprisa.

También recordé la libertad de estar desconectado, sin ataduras digitales, cuando el teléfono deja de funcionar. Desaparecen los mensajes, las redes sociales, las noticias y esa necesidad de saber, minuto a minuto, qué está sucediendo en todas partes. El mundo siguió con sus guerras, sus pleitos políticos y sus urgencias. Lo sorprendente fue descubrir que durante algunas horas ninguna parecía tan urgente.

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Sin señal y sin demasiadas cosas que hacer salvo montar, conversar y contemplar el paisaje, recordamos que para pasarla extraordinariamente bien se necesitan muy pocas cosas; lo demás son adornos.

Se poncharon llantas, se lastimaron caballos y hubo una que otra caída leve de los jinetes, porque quien no cae no es buen jinete. Cada problema encontraba en el Chapo la misma respuesta: una sonrisa, una palabra de ánimo y una solución. Nunca lo vi desesperarse. Para cuando nosotros terminábamos de preocuparnos, él ya estaba resolviendo.

Después de tres días entendí mejor por qué a Chihuahua le llaman el estado grande. No solamente por su territorio o su extraordinaria belleza, sino especialmente por la grandeza de su gente.

Un buen sotol, una fogata y una buena plática con el Chapo y su sabiduría eran el preludio de las buenas noches, esas en las que el silencio de las montañas es tan inmenso y profundo como el sueño en el que uno cae después de un largo día a caballo.

Por cierto, debo hacer una aclaración. El Chapo del que he hablado se apellida López. Nos abrió su casa, compartió su mesa, sus caballos y sus amigos y nos enseñó, sin proponérselo, una manera sencilla y generosa de entender la vida. También nos recordó que, detrás de tanto ruido, existe un México extraordinario que simplemente quiere seguir viviendo en paz.

Las leyendas también pueden construirse de cosas buenas.

Gracias, Chapo.